Adelaida Ouwerkerk: “Para mí siempre fue un milagro como aprendimos tanto”

Adelaida Cornelia Ouwerkerk Zijlstra, viuda de Luis Zandstra van Wieren realizó un escrito sobre sus vivencias en el Colegio Holandés durante “la cuarentena de 2020”, en la pandemia de Covid. Encabezó el texto con los nombres de sus padres: Johannes Ouwerkerk Overbeck y Luisa Zijlstra Pluis.

Cursó estudios primarios en el campo, también cuando se alquiló un chalet ubicado en avenida Belgrano al 800 y el último año lo realizó en 1946, cuando el Colegio Holandés inició formalmente su actividad en la actual sede.

Compartimos el texto completo, que fue publicado en el diario La Voz del Pueblo. Adelaida tiene 92 años, no pudo participar en el acto por el 80º aniversario del Colegio, pero de esta manera está presente en un período tan especial.

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Mi padre solía contar que nací una madrugada de helada, de mucho frío, era un 1º de abril de 1934. ¡Desde ya que yo no lo recuerdo!

Mi padre llegó de Holanda en el año 1924, tenía 20 años. Mi madre nació en Argentina, de padres inmigrantes holandeses de 1889.

Yo no tengo recuerdos anteriores a los 5 años. Mi padre marcando una huella con un grueso trineo atado a un caballo. Eso debía ser mi primer camino a la escuela, cruzando un lote de campo para acortar camino.

La escuelita holandesa del campo La Federación tenía un solo aula y estaba en el patio de la familia Groenenberg van der Horst, cerca estaban los Zijlstra van der Horst, que eran primos.

También venían Juan y Greta van Strien y Mary van der Horst de Madsen, que estaban en pensión en lo de Cornelio van der Sluis, que no tenían hijos. Pasando mi casa llegaban Koen y Toni Verkuyl.

Desde La Polonia en Barrow venían Roberto Zijlstra, Otto Veninga y también algunas chicas Ypma (que después emigraron a Canadá).

Leyendo un manuscrito de don Jacobo Groenenberg (libro de los 75 años de la Cooperativa Alfa) encontré este párrafo:

“En el año 1935 hicimos, con mi esposa, un viaje a Holanda”.

“En este viaje contratamos un maestro holandés para nuestros chicos”.

Este fue el comienzo del Colegio Holandés. El maestro: Cornelio Luis Federico Slebos.

Cuando varias de estas familias pudieron comprar campos en San Francisco de Bellocq; la escuelita en el patio de Jacobo Groenenberg estaba edificada y no se la podían llevar (Por qué no se llevaron al maestro, no lo sé, la cuestión que Slebos quedó en La Federación con las familias que quedaron).

Emigrar a Bellocq era una aventura, no había rutas ni buenos vehículos; pronto surgió la necesidad de un internado para tanta prole; pero esa es otra historia.

Empecé la escuela en marzo de 1940, como ya conté, ¡por mi caminito! Lo curioso, pienso hoy, es no recordar vientos y heladas, éramos felices.

¡La escuelita no tenía baño! No recuerdo haberme lavado las manos, hacíamos pis “atrás”. Meester ¿mag ik naar acheteren?  (expresión neerlandesa que significa ¿puedo volver atrás?).

Como Meester logró enseñarnos algo es, hasta el día de hoy, un misterio.

Eramos vaguísimos, pero sanos, sin malicia. No recuerdo los comienzos, no lloramos ni pataleamos, porque nadie nos iba a prestar atención. Todo era novedad, 1 cuaderno, 1 lápiz, etc.

Lo que mejor recuerdo eran los recreos, en que Meester mismo nos enseñaba a jugar. Por ejemplo, a la mancha corta o larga. Si era corta, al tocar al cuarto se dividían y se formaba otra pareja. Si era larga, se seguía con todos hasta agarrar al último ¡era casi imposible!

Meester Slebos almorzaba con los Groenenberg, los que veníamos del vecindario traíamos pan. Ellos tenían que orar y leer la Biblia, así que tardaban más. Nosotros comíamos rápido y salíamos a jugar a la escondida, o un día se nos ocurrió ir hasta las Tres Lagunas ¡Llegaron las dos de la tarde y no había chicos por ninguna parte!

Meester tenía un silbato de referí, así que ¡me imagino el discurso a la vuelta!

Otra vez Don Groenenberg mandó el peón a caballo a corrernos porque le estábamos robando los rábanos que habíamos sembrado.

Cuando salíamos a las cuatro de la tarde solía volver yo a casa enancada, en la petisa tordilla de Conrado Verkuyl. La de Antonio Verkuyl era muy petisa y como pibes, creíamos que se podía quebrar.

Otro día “los nenes” de Groenenberg habían matado una víbora de más de un metro y la acomodaron delante de la puerta de la piecita de Meester. Pobre hombre, recién venido de la civilización, el susto que se llevó.

Durante tres años concurrí a esa escuelita, después dos años al chalet de calle Passo y Belgrano, y el 6º grado a la actual escuela de Alvear y Pellegrini.

Para mí siempre fue un milagro como aprendimos tanto. Y tanto en castellano como en holandés. Aún hoy escribo y leo en los dos idiomas.

¡Gracias a ese hombre tan especial que fue Cornelio Luis Federico Slebos!

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